Wednesday, January 28, 2009

Cliché # 6: La novia no come

Mami, you have to eat something!

Este era un cliché del que me sentí exenta. Me encanta comer. Más o menos de todo y varias veces al día. Escuchaba de novias que tenían que achicar sus vestidos porque rebajaron mucho por el estrés. Novias anémicas el día de la boda porque no podían comer. Not me.

Siempre tengo una barra de cereal o algo en mi cartera por si ocurre un imprevisto y no llego a mi comida a tiempo. Proveo al Todd de snacks para que no sufra la tortura innecesaria de pasar hambre. Muchas veces los trae de vuelta a la casa intactos.

En fin, nunca un corazón roto ni problema ni enfermedad me han quitado el hambre. Los lay offs y los despidos tampoco. Sólo el fallecimiento de mi abuela me cerró el estómago por unas horas.

Más o menos el jueves antes de la boda, encontré sentido a eso de que se “olvida comer” que tantas veces he escuchado de amigas flaquitas y que me parecía la excusa más absurda o que tapaba el verdadero secreto para keep the pounds off. Comencé a comer menos a pesar que mi tía y mamá estaban aquí y ambas son excelentes en la cocina.

Pasaba el día y no me acordaba de comer, pero siempre comí algo. El domingo en la mañana toda mi familia desayunó café, pan y revoltillo de huevos y nadie me ofreció. De repente invoqué eso de la novia es el centro del universo y dije ofendida: ¿Nadie va a alimentar a la novia?




!Yo quiero? Pero, ¿me atrevo?

Al parecer mi hermano sintió algo de culpa por mantenerme despierta toda la noche y me hizo tremendo plato de revoltillo y me lo puso enfrente. Ahí me di cuenta que no podía tragar bocado. Me era imposible, jamás había experimentado algo así. Me forcé a comer, pero sólo unas cucharadas, tampoco quería arriesgarme a que me bajara el azúcar en “mi día especial”.

Pasaron las horas y en las mismas. Al llegar al hotel para la ceremonia me dediqué a tomar agua para mantenerme hidratada. La ceremonia fue y vino hermosa y emotiva y yo feliz. Por el frío, Todd me pidió un cortadito antes de ir a la recepción, ¡a comer se ha dicho! Los meseros venían directos a mí, la persona más importante al parecer, a ofrecerme la variedad de entremeses. Esperaban que los probara y mi reacción. Pero tampoco podía comer. Igualmente venían a ofrecerme trago y sabía que si no comía algo no podría brindar en mi honor por temor a emborracharme como nunca. Me tragué algunos entremeses y entonces me di mis copitas.



La paella tenía de todo y sobró muchísima.


Pero las cosas no me sabían bien, la gente alabando la paella y yo sentía como la lengua adormecida y mis glándulas del sabor muertas. Así pasé la noche. Al día siguiente probé algunas sobras, pero el menú por el que me desvelé y esmeré en delinear no hizo ningún impacto en mí. Fue algo más fuerte que yo, los invitados lo disfrutaron y eso me satisface.

Mi esposito se antojó de pizza a las 2:30am y devorándome un pedazo de queso me di cuenta que estaba hambrienta.

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